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Venus 41. Entre trochas e incertidumbres

AA

i.

Habitualmente reaccionamos ante los uniformes y las armas con manifestaciones emotivas que nos llevan a admirar o rechazar casi inmediatamente al grupo armado que identificamos en las imágenes, mas aun apenas sabemos de quienes se trata.

Creo que a Federico Ríos no le interesa darnos una lección sobre el bien o el mal con estas imágenes, -más allá obviamente, de la indignación que sentimos todos frente al conflicto armado, ante cualquier conflicto armado-.  Parece que el único heroísmo que le interesa es el de la vida común, el enorme esfuerzo que significa para todos, para cualquiera de nosotros, el cuidado de nosotros mismos y de los demás, la construcción de lazos, el soñar y el habitar.

Su fotografía está definida principalmente por la luz. Aparece a través de los intrincados matices de la selva, evidenciando los hechos, aclarándolos, —literalmente— haciéndolos visibles. Otro tanto lo aporta el foco nítido y la búsqueda del detalle. Sus imágenes, no importa el tamaño, buscan comprometer nuestra atención en esas zonas altamente definidas que en una sola imagen pueden compartir y abarcar un rostro,  un traje camuflado, el cañón de un arma,  un tronco y un helecho.  El brillo y la nitidez, nos permiten suponer que son recursos mediante los cuales el fotógrafo pretende hacernos sentir la abigarrada y arrobante experiencia de estar en la selva, un lugar donde pareciera que todo, sin excepción, está vivo.

Si hablamos de luz, dos extremos  regulan el trabajo de Ríos, al menos en esta serie: mientras el día se presenta como una ocasión para examinar la multiplicidad y el orden dentro del caos en la exuberancia vegetal, la noche es un motivo para aprovechar al máximo el claroscuro y la penumbra. En la noche, sus personajes son presentados teniendo como telón de fondo una oscuridad abisal, enriquecida por planos ricos en tonos y texturas aterciopelados.  Curiosamente, en la noche el carácter humano es examinado a la luz de la tecnología de hoy: linternas de led y pantallas de computador nos permiten ver esas figuras en la semioscuridad.

iii.

Sin exagerar, podemos afirmar que Ríos no es un fotógrafo del instante decisivo. Sus imágenes evidencian el meditado y a la vez rápido encuentro de la situación, un manejo coreográfico de la escena, que le permite describir en planes sucesivos o en acercamientos muy próximos la ubicación de los sujetos en la acción. Sin embargo, pocas de sus imágenes tratan del elemento sorpresa, de la caída infraganti. Más bien, podemos verlas como calculados análisis de situación  favorecidos por la evidente confianza de sus retratados.  En suma, podríamos pensar que su fotografía está dedicada a capturar una imagen compuesta por un incidente y una serie de gestos claramente captados. Todo esto impulsado por una visión interior y una desbordada curiosidad por el ser humano.

iv.

En estos cuadros de costumbres, siempre está presente el arquetipo o la simplificación de algo: una cama, una casa; y la recurrencia de los hábitos: Navegar, patrullar, empacar y desempacar repetidamente.  Pareciera entonces que la monotonía es norma en la vida que nos narra el fotógrafo. Nada más alejado. A pesar que no asistimos a combates y bombardeos, lo que presenciamos es en esencia una geometría del cuerpo, una curiosidad por examinar hábitos y gestos.  Ríos construye un índice de la cinética humana y colgar una hamaca, estirar la cuerda o cruzar un río, son motivos para que el fotógrafo sintetice a la vez  la vida en la selva y  de lo que el cuerpo es capaz. Sus modelos podrían ser gimnastas, vaqueros, artistas de circo, pero son jóvenes y viejos, hombres y mujeres en armas. También, en los tiempos muertos y de inactividad, en ausencia de distracciones exteriores y la extenuación de la vida a marchas obligadas, el fotógrafo encontró tiempo no solo para que sus retratados lo aceptaran, sino también para que posaran, para que frente a la cámara representaran sus propias vidas.

v.

En este delicado  y móvil estudio de un grupo humano errante, Ríos ha tenido tiempo para examinar  el gusto, el ornamento e incluso la moda. Y es allí donde el color se vuelve detonante. En los pequeños hábitos incluso en el registro de la rigidez castrense, no deja de verse la aparición contrastada de color. La monotonía del camuflaje siempre es sacudida por un detalle cromático, y Ríos  escoge con habilidad el gusto personal subyacente y la quizá muy colombiana manera de vestirse y vivir llamativamente. Puede ser en el rosa o el azul de una camiseta, de una toalla,  el color del esmalte de uñas o el amarillo de una casa, rompiendo la presencia casi lujuriosa del verde. Ríos es atento a hacernos saber que el deseo de verse bien, de ser atractivo, y el anhelo de embellecer la vida son comunes a todos y se hacen lugar incluso en el interior de la selva.

vi.

Habrá que señalar en sus múltiples retratos el recogimiento. Ríos se siente  atraído por capturar y entender los tiempos silenciosos de sus personajes. Incluso en los retratos del grupo, es común encontrarnos con alguien que está inmerso en sus propios pensamientos. Esos espacios personales tan escasos en una vida comunitaria y marcial, el necesario lugar íntimo para recogerse, son sistemáticamente presentados por el fotógrafo.  La selva, ese espacio difícil de entender, sin puntos claros de referencia, absolutamente poblado de una vegetación que es la misma y a la vez infinitamente variada en sus detalles, se convierte en un escenario íntimo. La mirada perdida en la lejanía de sus retratados, parece reflejar más bien los temores y ansiedades que no solo a los miembros de las FARC – hoy un partido político- sino a todos nosotros, nos produce el futuro cercano y el deseado fin de la guerra.

Fotografías de Federico Ríos

Curaduría Santiago Rueda

Sala Temporal Norte

 

Venus 41 de Federico Ríos en Movimientos de la Imagen II from Museo de Antioquia on Vimeo.

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