Graffiti: arte y vandalismo

AA

Por: Santiago Rodas*

“Las cosas no hay que decirlas, ellas se dicen solas, solo hay que saber mirar”
Mensaje en la parte de atrás de un bus de Rosellón

Hace poco más de dos semanas hubo algún revuelo en los medios de comunicación del país por una nota sobre el graffiti en Bogotá. La pregunta era más o menos sencilla: ¿El graffiti es arte o vandalismo? El periodista entrevistó a personas que tenían alguna relación con el graffiti; desde los que se ven afectados porque su casa es un lienzo para cualquier mensaje, paisaje o dibujo, hasta quienes tienen por oficio rayar las calles. La nota televisiva tuvo bastante repercusión, sobre todo en los que trabajan con el graffiti, quienes escribieron sendas columnas en contra de la nota y se mostraron férreos en la defensa del graffiti. Aclararon que sí, que efectivamente el graffiti es arte. El argumento principal de esta defensa es que el graffiti es un ente de transformación social y una herramienta de pedagogía de paz, lo que sea que estas dos cosas signifiquen. Otro de los argumentos es que un graffitero colombiano vendió una de sus obras en el exterior por más de 300 millones de pesos. Lo que a mí me parece muy bien, pero la pregunta por el graffiti o el arte no me parece que se resuelva tan fácilmente.

Conozco graffiteros de todos los tipos: radicales y extremos quienes dicen que uno no puede ganar un peso con el graffiti y se mantienen al margen de festivales, ferias o contratos con las alcaldías. Estos rayan sólo muros ilegales, se suben a techos, pintan rejas, tagean iglesias, les gusta la adrenalina que esto produce, no tienen en cuenta mucho que digamos la pedagogía de la paz, se mantienen reales, dicen. También conozco gente que hace murales sólo de forma legal, para marcas y empresas, no salen a la calle a hacer vandalismo, ni se suben a techos, ni se trasnochan huyendo de la policía. Conozco a los que hacen las dos y se hibridan, con la pintura que les sobra de los trabajos, pintan sus propias cosas, legal e ilegalmente. Hay muchos más tipos de graffiteros que no describo por que la columna no se trata de eso. Pero insisto en que el graffiti no es sólo una herramienta para algo más, sostengo que el graffiti es un fin en sí mismo.

¿El vandalismo no puede ser arte, el arte no es necesariamente vandálico? ¿Por qué el graffiti se debe legitimar con discursos que no le pertenecen? ¿Hay necesidad de un curador que diga si algo que está en la calle es arte o no? ¿Basquiat o Keith Haring tenían que pintar bajo unas temáticas determinadas para hacer arte? ¿El arte debería ser un ente de transformación social, debería servir para hacer pedagogía de paz?

Le ponemos demasiadas cosas al graffiti encima: discursos, funciones, aplicaciones. Lo traemos y lo llevamos por los senderos estatales, pero olvidamos que el graffiti es más simple que eso. El graffiti es alguien de 17 años que coge una lata de aerosol y sale a poner en la calle “Estar contigo es como cagar, se me ha vuelto una necesidad” o el que sale a marcar su tag en todas partes, el graffiti es también un grupo de amigos que en un día entero hacen una masterpiece de 10 metros de largo sin que nadie les pague un peso. Los que rayan el metro, los que pintan edificios enteros, los que declaran su amor o su odio en las paredes, todos hacen graffiti, no importa “EL MENSAJE”, como escribí en la columna anterior; tal vez no hay mensaje, solo un montón de gestos que se pierden en el aire y dejan un rastro en una pared.

El graffiti puede servir para muchas cosas, pero el gesto de quien pinta en la calle no se le puede añadir más que eso. Quien hace graffiti, hace graffiti (perdón por la tautología) lo que sigue después no es su culpa. Su obra está en la calle y puede ser intervenida, estudiada, fotografiada, meada, analizada, interpretada, sobre interpretada, puede ser puesta al servicio de un discurso o una idea, robada. El graffiti sobrevive a todo esto, no importa cuántas cosas le pongan encima él sabe cómo arreglárselas para huir.

*Las opiniones expresadas en este blog son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan, necesariamente, las del Museo de Antioquia.

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Publicado: Diciembre 11/2015
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