El Pando, Caucasia

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En el marco de Contraexpediciones, María Antonia Pérez y Ana Lucía Cárdenas trabajaron con la comunidad de El Pando, Caucasia.

Lugar y tiempo de desarrollo de la residencia

Residencia lo que se dice residencia, no fue. Pero quien nos invitó sabía que no iba a ser así. Estuvimos el fin de semana del 1 de marzo en una comunidad llamada El Pando (Caucasia), que ya habíamos visitado en el 2011. Es un pueblo donde la mayor parte de la población son indígenas senúes organizados en una comunidad que lleva un proceso de autoreconocimiento desde hace 15 años, y que está en proceso declaratorio para convertirse en resguardo.

Paisaje

Acercarse a una comunidad desde una perspectiva etnográfica no nos exime de la condición de extranjeras. Nos acercamos a un territorio ajeno con la mirada extrañada y la valoración estética que traemos con nosotras. Es inevitable, entonces, que eso que llamamos paisaje se configure a partir de nuestras nociones de equilibrio y belleza. Encuadramos desde la ventana que nos separa del otro. Desde que emprendemos el viaje, lo memorable se traduce en imágenes guardadas que pretenden servirnos para evocar después.

A pesar de la habilidad aprendida para mimetizarnos, es imposible no venir de afuera y por tanto, lo que escuchamos, lo que después damos por cierto, no deja de ser puesta en escena, representación percibida. La cámara fotográfica está llena de paisajes –de nuestros paisajes– y la grabadora llena de palabras originarias de un discurso que tarda poco en descifrarse, como un tejido que contiene una trama completamente distinta a la nuestra, una trama no lineal que se construye en capas superpuestas que avanzan dos pasos y se devuelven uno, para que lo que se cuenta quede fino en la memoria y no se olvide. Después de testificar la forma de este entramado, cabe preguntarse si, de igual manera, el paisaje se concibe distinto por aquellos que cuentan la historia de manera distinta a la nuestra. Si para los senúes parece ser cierto que la perdurabildad en la memoria depende del tejido de paso fino de la narración oral, qué será entonces para ellos el paisaje. ¿Será –como para nosotros– esa parte del entorno que merece ser recordada? Y si es así, ¿lo que merece ser recordado por los senúes es lo mismo que nosotros queremos hacer perdurar?

Hace más de dos años que fuimos a El Pando por primera vez. De recuerdo nos trajimos las picaduras de pulga más grandes que jamás hubiéramos visto. Al cabo de una semana, ambas (Toto y yo) tuvimos que fumigar nuestros colchones porque la plaga se había venido a vivir con nosotras. Sin embargo, siempre deseamos volver algún día. Después uno se mete en la vida cotidiana y un viaje a Caucasia se vuelve una utopía. De esos días quedó la impresión de un libro, que supusimos había llegado a la comunidad como devolución y pensamos que sería un intercambio más o menos justo con los que nos recibieron aquella vez para contarnos cómo era su relación con la tierra.

En esas épocas senú se escribía con “z”, según los líderes porque así se escribió desde que se tiene memoria. Nuestra tarea en ese entonces fue recoger la memoria de los abuelos sobre el cultivo de la tierra. La agricultura en la comunidad senú es una tradición ancestral. Algunas evidencias apuntan a que fueron la despensa de la región y se especula que tal vez sus productos llegaron a comerciarse mucho más allá, pues la cantidad que parece que se producía alcanzaba para abastecer mucho más de lo que se consumía en lo que hoy es Colombia. Así pues, la tradición agrícola del pueblo senú es uno de sus grandes tesoros y aportes a la recuperación de su cultura en el Bajo Cauca.

Todo esto lo supimos al escuchar por horas la narración de los ancianos de la comunidad. La narración oral, que es la primera herramienta de trasmisión de conocimiento de la comunidad senú, es en sí misma un tejido muy fino, que avanza para luego devolverse y luego avanzar un poco más, devolverse nuevamente y así hasta terminar la historia. Si uno no está atento puede confundirse fácilmente, porque no hay ninguna señal que advierta del salto hacia atrás, solo la sensación de la repetición. Pero así, la historia queda fija en la memoria, no se olvida, porque toda ella ha sido recorrida dos veces cada vez que uno la escucha.

Desde esos momentos percibimos que, igual que esa narración (tal vez ésta es una copia de aquella), no era posible entender la agricultura como algo lineal con representaciones  ordenadas en el paisaje, sino más bien un tejido de tiempos y ciclos que se superponen, y que tienen aspecto de “rastrojo”.

Para este trabajo contamos con el apoyo y acompañamiento de Jonathan Gaspar, quien trabaja para la OIA y nos guío con la comunidad indígena Senú.

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Publicado: Marzo 17/2014
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